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dimarts, 21 de març de 2017

Reflexiones sobre el libro: Una mente inquieta. Testimonio sobre afectos y locura. De Kay R. Jamison.

Este libro está escrito por una persona que juega un doble papel. Ella es usuaria de los servicios de salud mental y a la vez es psicóloga (ejerciendo como profesora, investigadora y como clínica)

He leído mucho sobre estos temas, tanto en mi formación como por mi cuenta. Pero este libro me aporta una frescura que hacía tiempo que no encontraba. Precisamente porque pone en juego muchas de las inquietudes, miedos e interrogantes que tienen las personas con experiencia propia en salud mental y a la vez las que tienen los profesionales. Explica en primera persona sus episodios maníacos y depresivos, así con todos los detalles significantes para ella. Y lo que simbolizaba el tener que lidiar con el trabajo clínico en una época bastante compleja. Aunque defiende una visión con apuntes biomédicos, la sinceridad con la que articula sus palabras me parece brillante.

Hace una descripción elegante y minuciosa sobre los debates que tenía para aceptar la consciencia de enfermedad. Sobre todo en la dificultad de “salir del armario” con su entorno, en el trabajo, con los amigos, etc. Los miedos a ser repudiada, rechazada… Algo muy habitual, todavía en nuestros días.

Jamison parece una escritora estructurada, por eso empieza contando su historia desde su infancia. Allí, nos revela como aprendió una de las actitudes que le costaron varias crisis y mucho dolor; la falsa concepción de que los problemas se los arregla uno sólo. Ella venía de una familia de tradición militar donde pedir ayuda con según qué temas era vislumbrado como un símbolo de debilidad. Y la vulnerabilidad no era (ni es) algo que debía ser expuesto. Por eso, con los primeros síntomas que tuvo y durante largo tiempo le costó mucho pedir ayuda, con las graves consecuencias que tuvo eso en su salud física y emocional. Creo que esto responde mucho al individualismo fabricado en el capitalismo, en la tierra de las oportunidades donde corre libremente la falsa idea de que tú sólo/a puedes con todo.

Del mismo modo narra de una forma genuina los dilemas que sufre con la medicación, con los afectos secundarios, el autoestigma que suponía tomar ciertas pastillas, etc. En ese aspecto, enlaza con la importancia de los apoyos en los procesos de experiencias propias en salud mental. De sus parejas, de los altibajos en las relaciones, del apoyo familiar y de cómo considera que esas personas le salvaron la vida.

Algo muy interesante que expone en su libro, también es la ardua defensa de los procesos psicoterapéuticos más allá de la medicación asignada para ciertos síntomas. Como una necesidad de clarificar muchas de las turbulencias que viajan por la mente a lo largo de los procesos maníacos o depresivos. Para poner en su lugar cada pensamiento, para establecer confianza con alguien a quien le muestra las entrañas de su sufrimiento, para poder ser más persona en un mundo desquiciado y sobre todo para poder tener derecho a una posibilidad de crecimiento personal para afrontar desde una vertiente más humana el sufrimiento mental.

Con esto, me gustaría compartir dos fragmentos que me parecen imprescindibles tanto por su contenido como por su fondo.

El primero hace referencia a las diferencias de género en la salud mental. Hace falta contextualizar este texto en una época determinada y en un momento concreto, tanto por la expresiones que usa y como por los datos que detalla. Pero resulta muy interesante esta diferenciación de género vinculada a los diagnósticos y las oportunidades de recuperación.

La depresión, de alguna manera, coincide más con las nociones sociales de lo que deber ser una mujer: pasiva, sensible, sin esperanza, desvalida, condenada, dependiente, confusa, más bien agobiante y con pocas aspiraciones. Los episodios maniacos, por otro lado, parecen aplicarse más a los hombres: inquietud, orgullosos, agresivos, volátiles, enérgicos, arriesgados, grandiosos, visionarios e impacientes con el statu quo. La ira y la irritabilidad en el sexo masculino, bajo tales circunstancias, son más toleradas y comprensibles. A los líderes se les permite mayor espacio para ser temperamentales. Los periodistas y los escritores han tenido tendencia a asociar a la mujer con la depresión, en vez de con la manía, lo cual no es de extrañar, ya que la primera es dos veces más común en las mujeres que en los hombres. Pero la enfermedad maniaco-depresiva ocurre por igual entre los dos, y como se trata de un trastorno relativamente común, la manía termina por afectar más a las mujeres, las cuales, a su vez, suelen ser mal diagnosticadas y, si es que llegan a recibir tratamiento psiquiátrico, éste es de baja calidad y padecen un gran riesgo de suicidio, de alcoholismo, de drogadicción y de violencia.

Otro fragmento que quisiera compartir es uno relacionado con una cita de Robert Louis Stevenson, que la autora del libro hace suya:

Es la historia de nuestras amabilidades lo que hace que este mundo sea tolerable. Si no fuera por eso, por el efecto de las palabras amables, de las miradas amables, de las cartas amables… Llegaría a pensar que nuestra vida es una broma del peor de los gustos.

Me parece una cita que debería leerse en todas las formaciones relacionadas con la atención a las personas, tanto clínicas como sociales. Toca el punto clave de cualquier relación humana: el afecto, la amabilidad, el tacto… el amor es revolucionario porque rompe con las jerarquías que desunen, impuestas en las relaciones profesional-usuario. Porque preguntar desde la sinceridad y des del afecto puede tener una consecuencia terapéutica mucho más potente de lo que imaginamos. Escuchar, mirar o tocar cuando es necesario hace que nos sintamos acompañados y no solo como objetos subyugados a manuales de instrucción psiquiátrica, médica, social, cultural, etc.


Sin más pretensiones, recomiendo la lectura de este libro a quien le interesen estos temas. 

dimecres, 8 de març de 2017

El valor del tiempo entre actividades

Últimamente me están llegando diferentes opiniones y relatos sobre servicios que atienden a personas con diversidad funcional un poco desmotivadoras. Parece que las figuras de los educadores/as siguen ancladas en una colonización del espacio y del tiempo sin tener en cuenta las subjetividades de las personas que atienden. Y eso, desgraciadamente no hace más que perpetuar el dominio de lo irrespetuoso.

Sí que es cierto, que desde algunos ámbitos más generales como Dincat se está trabajando desde las perspectivas de Derechos Humanos y esto ya hace que la mirada vaya encaminándose hacia nuevos derroteros.

Pero después, en el día a día de los servicios algunos empleados te comentan dinámicas que directamente vulneran estos derechos. Al decir esto, a lo mejor alguien piensa que quebrantar los derechos humanos es sinónimo de agresión física o vejación o algo similar. Pero la sutileza de la que quiero dejar constancia es mucho más difusa que esas prácticas inadmisibles.  Son relaciones que quedan disipadas bajo el control autoritario de la educación, bajo aquella biopolítica del poder que definía Foucault. Donde las inercias coercitivas son ejecutadas bajo las relaciones, las palabras, las miradas, los acompañamientos… Es en ese espacio de lo formal donde la libertad de acción de los y las educadoras se convierte en un ejercicio de dominación sobre alguien desposeído y abandonado a las órdenes de sus referentes.

A modo de ejemplo, veo que en las dinámicas de los servicios a veces queda un hueco, un espacio vacío donde poder vehicular la relación usuario-profesional sin necesidad de tener una agenda marcada. Esos momentos de potencialidad donde poder improvisar favorece la proximidad y la sinceridad necesaria para descubrir al otro desde su propia posición. Sin interferencias, de una forma más genuina porque precisamente surge de la espontaneidad. Ya lo he remarcado otras veces, pero es ese “no hacer nada” el que nos puede hacer sentir al otro desde una autentica legitimidad. Pero la necesidad propuesta por la sociedad del consumo, que nos evoca a consumir el tiempo con cosas, objetos, actividades o relaciones, también nos induce a provocarlo en los demás. ¿Podría ser que esto sea reflejo de nuestro miedo a estar solos? ¿Que responda a la necesidad de rellenar el tiempo porque si? Nunca nos han enseñado a estar parados, a escucharnos, a sentir lo que queremos, a notar nuestro cuerpo, a respetarnos… y mucho menos a verlo y hacerlo en los demás.

Pero si a parte, hablamos de colectivos que por tener una forma de estar en el mundo, de interactuar y de relacionarse diferente a la hegemónica quedan en situaciones susceptibles, esto que comento creo que aún tiene más importancia. Porque si desde estos servicios se trabaja más de cara a la galería, nos guste o no se estarán vulnerando derechos humanos.  

Por eso creo que es tan importante favorecer espacios de respeto y de dar lugar al otro. Para asegurarnos que sus derechos son autorizados. Para que el otro pueda decidir, con tiempo y con calma. Para que tanto usuario como profesional se puedan escuchar y mirarse hacia dentro para ver qué les pasa. Para que la atención a las personas se humanice y deje de responder a lógicas mercantiles de producir por producir. Simplemente para que el otro: pueda ser y estar.