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dimarts, 28 de juny de 2016

Incredulidad política

Después de los resultados de las últimas elecciones, recordé un texto del año 2010, de Santiago López Petit donde nos inquiría abiertamente  “Como ciudadanos, actuando en tanto que ciudadanos, ya hemos perdido de antemano la guerra ¿Y si dejáramos, entonces, de ser ciudadanos?”

En estos momentos no puedo sentirme más identificado con sus palabras. Tengo ganas de esconderme del mundo sociológico. Quiero permanecer en los márgenes y moverme en paralelo a la realidad normalizadora. Navegar por las sombras de la cotidianidad. Quiero ser sin estar. No pretendo permanecer cómplice ni participe y ni mucho menos espectador de esta hecatombe política, económica, social y cultural. Me gustaría ser invisible a ojos de las estadísticas, los servicios y las encuestas. Quiero dejar de ser ciudadano, en la medida que lo plantea S. López Petit.

Porque pienso que la sociedad tiene un problema de identidad endógeno y patológico, porque si no fuera así no encuentro razonamiento a lo sucedido. No importa si nos roban, nos utilizan, nos ningunean, utilizan los recursos públicos para intereses políticos o vacían las harcas públicas. La vieja política, la que nunca ha abandonado este país, sigue en pie más viva que nunca.

De hecho, estos últimos meses hablaban de la nueva política. Pero observando “lo nuevo” de este término, solo he conseguido atisbar una pequeña diferencia; ahora los debates en televisión ya no son a dos bandos; son a cuatro. Esta ha sido la gran aportación de la nueva política. Centenares de movilizaciones, mítines y publicaciones haciendo creer en un cambio real a través del juego democrático postfranquista.

De nuevo, pienso que quiero dejar de ser ciudadano. Y me gustaría hacerlo para persistir en mis actitudes transformadoras des del anonimato, haciendo camino en la penumbra. Poco a poco, palabra a palabra y acto a acto. Pero no creyendo y depositando esperanzas en lo ya conocido, sino más bien apoyándome en lo que ha funcionado toda la vida, en la afirmación de la complicidad de lo cotidiano, en la ayuda mutua y la vecindad. “Votar cada cuatro años en verdad no es tan importante. Es mediante nuestro comportamiento, y en el día a día, como realmente insuflamos vida a la figura moribunda del ciudadano” sigue diciendo S. López Petit.


Así, en los actos pequeños de nuestro entorno es cómo podemos dejar de ser ciudadanos para crear otras realidades, siendo habitantes activos pero alejados de la gran estafa política e ideológica. 

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