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dijous, 16 de desembre de 2021

Las luchas confrontadas en tiempos de virus

Son tiempos convulsos para la humanidad. Todo esto nos vino sin avisar, sin turno para respuestas ni momentos para levantar la mano y preguntar. De un día para otro todo cambió y aún no logramos entender el porqué. Significaciones como las prohibiciones y las obligaciones, el miedo a morir o los confinamientos y los aislamientos se han convertido en las notas musicales de la melodía que predomina nuestras vidas. Y esta música a alcanzado un ritmo frenético, grave y delirante que mientras suena, nos encontramos anonadados en una gran sala de baile con el volumen tan alto que no permite comunicarnos. Nos hablamos, pero no nos escuchamos; el ruido es demasiado fuerte. Nos miramos incrédulos, con la bebida en la mano, esperando que algo cambie con la misma precipitación con la que empezó. Las horas pasan, la fiesta se alarga y nada cambia.

Parece que el cuento se repite una y otra vez, en diferentes contextos, situaciones y personajes, pero el hilo conductual de esta obra es semejante a las anteriores representaciones. Unos contra otros, rojos contra azules, católicos contra protestantes, aliados contra el Eje, sunitas contra chiítas, vacunados contra no vacunados … la lista es interminable.
Bandos confrontados que se establecen cada uno como veracidad absoluta y, en consecuencia, identifican a los otros como los enemigos porque precisamente cuestionan esas verdades. El ritual es idéntico e irremediablemente caemos una y otra vez en las mismas dinámicas. Tenemos un enemigo contra quien luchar porque así refuerza nuestra postura e ideales. Sin él, no tendrían sentido demasiadas cosas así que esta disputa dual es necesaria para mantener viva la fiesta que nos ciega. 

Por otro lado, todas las crisis son una oportunidad para resignificarse, para moverse y volver a encontrar nuestro sitio. Esta no es diferente y deberíamos poder hacerlo. Pero el resultado fluye hacia la misma dirección con resultados análogos. Sería momento de cuidarnos, respetarnos, agruparnos y poner las curas en el centro de todo. Es el instante donde podríamos parar la maquinaria macabra del sistema y hacerla tambalear para construir estructuras cercanas, cooperativas y justas.

Aun sabiendo todo esto seguimos señalando al divergente, juzgando al que confronta y rechazando lo opuesto. Quien tenía mucho ahora tiene más y el que tenía poco ahora tiene menos. Si lográramos parar esa música que nos colapsa y levantáramos la cabeza, podríamos ver una realidad espeluznante. Ha aumentado el precio de la luz, el agua, el petróleo, el gas, la comida, el transporte… los desahucios siguen residiendo en el orden del día, el suicidio infantojuvenil ha aumentado drásticamente y el pronóstico de la situación parece nefasto.

Mientras la música siga sonando, nosotros aguantamos la bebida esperando que todo pase, esperanzados que podremos volver a la misma fiesta que antes.  



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