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dijous, 1 d’abril de 2021

Crítica al modelo biopsicosocial

 El modelo biopsicosocial fue propuesto por Engel y supuso un golpe duro para la academia biomédica en tanto que mostró como el sufrimiento y la enfermedad están intervenidos por múltiples factores de la estructura humana, que van desde lo molecular hasta lo social.

Si analizamos este modelo, que fue presentado en los años setenta, vemos como su evolución ha abierto puertas que habitaban obstruidas y encalladas desde hacía mucho tiempo por fuertes corrientes médicas reduccionistas en su interpretación de la salud.

Y desde el campo social, debemos reconocer ese esfuerzo por dar lugar a “lo social”.  Porque siempre ha existido aunque observado como una reducción periférica que aporta un conocimiento secundario y a veces irrelevante. Pero mi intención es hacer una lectura, para ver que incluso en el modelo biopsicosocial, lo social queda en último lugar. Primero lo biomédico, segundo lo psicológico y tercero lo social.

Podría parecer sólo una casualidad gramatical, pero sería muy extraño entendiendo que para elaborar su paradigma Engel se basó en la Teoría General de los Sistemas, donde el orden es un factor importante para interpretar los datos que nos muestran los sistemas.  Así, vemos otra vez como se menosprecia lo social, aunque por primera vez se le nombre y se le dé un lugar en la definición del sufrimiento y la enfermedad. 

A diferencia de lo biomédico, lo social es impredecible, es dinámico, es volátil y por lo tanto difícil de cuantificar. Por esto está en la última posición. Porque no responde a los criterios positivistas del modelo biologicista, donde la correlación de causa – efecto es el dogma que impera.  Lo social es más complejo, porque interactúan demasiadas variables que pueden alterar el resultado de una misma situación. Y además, nos muestra las consecuencias visibles de sistemas (políticos, económicos, sociales, etc) que dañan a la humanidad y que la hacen enfermar. Así, es más fácil aceptar que el ser humano padece solo por culpa de virus, genes y moléculas erróneas y neurotransmisores que no funcionan que no por sistemas que asfixian, extenúan y discriminan.

Incorporar lo social en la mirada de la salud tiene que ver con analizar y observar como factores comunitarios y sociales interfirieren en su bienestar. Es decir que tenemos que dar el lugar a las causas sociales y familiares en esta compresión, porque las redes de apoyo en la comunidad, las situaciones familiares, laborales, económicas, habitacionales, etc. afectan gravemente a las situaciones de salud.  

Y si vamos más allá, ¿dónde queda lo espiritual? No se le da lugar en ningún momento. Si lo social es visto a veces como algo imposible de comparar con la ciencia pura de la medicina clásica, lo espiritual aún lo trasladan más lejos, a lugares de chamanismo y brujería donde lo único que reina en esos parajes es la fe.

Creo que deberíamos replantearnos, si esto que estamos tan acostumbrados ahora de ver como los proyectos y las entidades incorporan la mirada biopsicosocial, realmente han hecho ese movimiento en el alma de los servicios y los profesionales, para entender la complejidad del ser humano y ofrecer territorios y escenarios donde (auto)comprender la salud como una cuestión ampliamente holística. Y eso se puede concebir facilitando el lugar legítimo que corresponde a las personas que atiende el mundo social, el lugar de pertenencia en el mundo y en todos los sistemas que habitamos. Un lugar de decisión sobre nuestras vidas, de respeto por las decisiones y opiniones y sobretodo de reconocimiento subjetivo.

dimecres, 17 de febrer de 2021

Educación social y el concepto de “usuario”

Hace tiempo que vengo pensando en este tema y entiendo que como colectivo, la educación social aun no lo tenemos resuelto (como muchos otros).

Según http://etimologias.dechile.net/ la palabra usuario viene del latín usuarius (vinculado a un uso de algo) formado con el sufijo -arius sobre el vocablo usus (uso) y este nombre derivado del participio del verbo uti (tener trato con una persona)

Es decir que nos refriere a que usamos algo y en nuestra materia casi siempre es un servicio relacionado con el trato con personas. Visto así, esta palabra no debería tener más connotación que la configuración de esa relación entre alguien que usa un servicio y alguien que lo ofrece.

Pero como sabemos muy bien, en la educación social y en el campo antropológico,  nada es tan sencillo como parece.

En primer lugar, lo primero que hay que indagar es el poder de colocación y subyugación que adquiere esa palabra. Es decir, en la relación socioeducativa la palabra usuario emplaza “al otro” en el lugar del que no sabe, del que es atendido, del que espera una respuesta. Esta concepción choca frontalmente con la idea de acompañamiento social en tanto que se pretende situar las dos partes en un plano igualitario donde se construye un diálogo conjuntamente. Si utilizamos lo que Martin Correa llama el saber profano como elemento clave en la relación socioeducativa, nos tendremos que desprender, casi por obligación, de aquellos saberes que imposibilitan la reciprocidad entre los dos sujetos de la acción. Así, yo podría ser usuario de un transporte público porque precisamente no hay esa voluntad bidireccional de intercambio subjetivo. Yo pago y accedo a un servicio, lo uso y por lo tanto soy usuario.  

Pero en la educación social esto no debería ser así porque nuestra figura no puede someterse a los funcionamientos macabros de la producción y el consumo. Porque entonces pasamos a ser meros aparatos del transporte social, llevando a personas de un lugar (físico o simbólico) a otro. Sin importar el contenido, ni las formas ni los contextos. Dejando de lado aquello que hace distinta a nuestra profesión, que es la forma en que construimos la relación con el otro.

Por otro lado, también creo que deberíamos empezar a reflexionar sobre aquello que tanto nos gusta hablar; de la desinstitucionalización. La educación social hasta ahora como norma general emerge en contextos institucionalizados. Es decir, en espacios con unas normas de acceso, de funcionamiento y de huida muy claras y sometidas a unas estructuras visibles e invisibles. Esto nos proporciona seguridad y tranquilidad porque nos permite desenvolvernos sabiendo que tenemos un marco institucional que nos protege. Nos revela el camino y de esta manera es más fácil y asumible hacer el viaje.  En este marco la palabra usuario tiene mucho sentido.

Pero lo verdaderamente arduo es salirse del recorrido y caminar por terrenos desconocidos, excluidos y desechados donde no sabemos qué puede pasar y ni tan siquiera saber a dónde vamos a llegar. Eso no es tan reconfortante ni tan seguro. Pero creo que sería en este contexto donde una persona no podría ser “usuaria” de nada, porque el intercambio de saberes se daría en un escenario de igualdad y correlación entre los sujetos. Allí podría darse una educación social fuera de la institución creando relaciones verdaderamente igualitarias y el acompañamiento social germinaría con todo su potencial.

Pero todo esto no hace que abrirme más preguntas que dan vueltas en mi imaginario. ¿Podemos intervenir des de una posición ética en instituciones cerradas? ¿Podemos dejar de hablar de usuarios en los servicios de atención a las personas?

Será difícil responder a todo, pero creo importante empezar a hacernos preguntas. Porque cuestionarnos, igual que el afecto, también es una arma revolucionaria.