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dimecres, 17 de febrer de 2021

Educación social y el concepto de “usuario”

Hace tiempo que vengo pensando en este tema y entiendo que como colectivo, la educación social aun no lo tenemos resuelto (como muchos otros).

Según http://etimologias.dechile.net/ la palabra usuario viene del latín usuarius (vinculado a un uso de algo) formado con el sufijo -arius sobre el vocablo usus (uso) y este nombre derivado del participio del verbo uti (tener trato con una persona)

Es decir que nos refriere a que usamos algo y en nuestra materia casi siempre es un servicio relacionado con el trato con personas. Visto así, esta palabra no debería tener más connotación que la configuración de esa relación entre alguien que usa un servicio y alguien que lo ofrece.

Pero como sabemos muy bien, en la educación social y en el campo antropológico,  nada es tan sencillo como parece.

En primer lugar, lo primero que hay que indagar es el poder de colocación y subyugación que adquiere esa palabra. Es decir, en la relación socioeducativa la palabra usuario emplaza “al otro” en el lugar del que no sabe, del que es atendido, del que espera una respuesta. Esta concepción choca frontalmente con la idea de acompañamiento social en tanto que se pretende situar las dos partes en un plano igualitario donde se construye un diálogo conjuntamente. Si utilizamos lo que Martin Correa llama el saber profano como elemento clave en la relación socioeducativa, nos tendremos que desprender, casi por obligación, de aquellos saberes que imposibilitan la reciprocidad entre los dos sujetos de la acción. Así, yo podría ser usuario de un transporte público porque precisamente no hay esa voluntad bidireccional de intercambio subjetivo. Yo pago y accedo a un servicio, lo uso y por lo tanto soy usuario.  

Pero en la educación social esto no debería ser así porque nuestra figura no puede someterse a los funcionamientos macabros de la producción y el consumo. Porque entonces pasamos a ser meros aparatos del transporte social, llevando a personas de un lugar (físico o simbólico) a otro. Sin importar el contenido, ni las formas ni los contextos. Dejando de lado aquello que hace distinta a nuestra profesión, que es la forma en que construimos la relación con el otro.

Por otro lado, también creo que deberíamos empezar a reflexionar sobre aquello que tanto nos gusta hablar; de la desinstitucionalización. La educación social hasta ahora como norma general emerge en contextos institucionalizados. Es decir, en espacios con unas normas de acceso, de funcionamiento y de huida muy claras y sometidas a unas estructuras visibles e invisibles. Esto nos proporciona seguridad y tranquilidad porque nos permite desenvolvernos sabiendo que tenemos un marco institucional que nos protege. Nos revela el camino y de esta manera es más fácil y asumible hacer el viaje.  En este marco la palabra usuario tiene mucho sentido.

Pero lo verdaderamente arduo es salirse del recorrido y caminar por terrenos desconocidos, excluidos y desechados donde no sabemos qué puede pasar y ni tan siquiera saber a dónde vamos a llegar. Eso no es tan reconfortante ni tan seguro. Pero creo que sería en este contexto donde una persona no podría ser “usuaria” de nada, porque el intercambio de saberes se daría en un escenario de igualdad y correlación entre los sujetos. Allí podría darse una educación social fuera de la institución creando relaciones verdaderamente igualitarias y el acompañamiento social germinaría con todo su potencial.

Pero todo esto no hace que abrirme más preguntas que dan vueltas en mi imaginario. ¿Podemos intervenir des de una posición ética en instituciones cerradas? ¿Podemos dejar de hablar de usuarios en los servicios de atención a las personas?

Será difícil responder a todo, pero creo importante empezar a hacernos preguntas. Porque cuestionarnos, igual que el afecto, también es una arma revolucionaria. 

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